El nido de Belmorak.
A Belmorak le apasionaban las alturas y, a la mínima oportunidad, se lanzaba acantilado abajo sin importarle lo más mínimo si alguien lo montaba en ese momento. Se dice que, por ello, los domadores de guivernos que intentaron domesticarlo sentían que perdían años de vida con cada salto.