La verdadera fuerza no nace de la forma de una hoja, que puede ser afilada o roma,
sino de un corazón bondadoso que no vacila.
Solo quien ha templado su corazón entre las tempestades de la adversidad, usando las dificultades como piedra de afilar,
puede sostener un poder capaz de estremecer el mundo sin quedar cegado ni ensordecido por él.
Solo un corazón virtuoso puede impedir que se abuse del poder que alberga
y devolver el orden a un mundo sumido en el caos.
Por eso, quien aspire a ser fuerte debe encender en su interior la lámpara de la misericordia
y no dejar que la oscuridad exterior lo haga vacilar.