Los guivernos patrullan sus territorios siguiendo cada uno intrincadas rutas de vuelo, aunque a veces llegan a surcar los cielos en bandadas de varias decenas. Ver sus enormes alas cubriendo el cielo es un espectáculo sobrecogedor.
Después de dejar cadáveres frescos bajo la muralla todos los días a la misma hora, ahora se llevan el cebo sin dudar, incluso cuando los observo directamente.
Los rugidos agresivos de nuestros primeros encuentros han dado paso al simple silbido del viento cuando pasan junto a mí. Parece que ya no me consideran una presa ni un enemigo, sino un ser con el que pueden convivir.
Es hermoso.