La esgrima no es cuestión de músculos, sino del principio de llenar y vaciar el recipiente espiritual.
Correr y blandir la espada sin descanso agotará tu recipiente, y tu cuerpo acabará por entumecerse.
Contener la sed de sangre del enemigo también consume tu energía.
Si te obligas a resistir con el recipiente vacío, acabarás por derrumbarte, indefenso.
La energía se recupera con mayor rapidez en la quietud.
Sé paciente.
Aprende a rellenar tu recipiente en una breve pausa, incluso en medio del fragor del combate.