Un santuario oculto entre los recovecos del Bosque de Arboria. Aunque una multitud de ratas surge de las sombras en cuanto uno pone un pie en este espacio abandonado, una pequeña estatua de una diosa se alza en el claro que hay más adentro. Con sus ojos ciegos y su postura incómoda, la estatua evoca una sensación inquietante más que de reverencia, vigilando la cámara hueca.