Mientras el rey yacía postrado por la enfermedad, Bastier aprovechó la ocasión para desatar su carácter impío.
Quienes provocaban su ira eran arrojados a los cotos de caza, donde él mismo los perseguía como si fueran presas, mientras que los pobres eran forzados a luchar a muerte contra perros salvajes. Su reinado de terror no conoció límites. Hoy, aferradas a la esperanza de que el regreso del rey ponga fin a su tiranía, incontables víctimas sufren en silencio.