Verdugo del tribunal del Inquisidor Justo.
Como precio por haber llevado a cabo innumerables ejecuciones, los alaridos de los condenados resuenan eternamente en sus oídos como alucinaciones auditivas. Intenta acallar esos gritos con el tañido de las numerosas campanas que lleva colgadas del cuerpo. Bastier vio más allá de su locura, lo domó y consiguió que le obedeciera ciegamente.