Cada año, se deja en la montaña nevada uno de los pequeños zapatos de los niños ofrecidos en sacrificio.
Dentro, aún quedan los restos de una flor silvestre seca que sus padres colocaron allí por última vez.
Se dice que, pese al dolor desgarrador de afrontar la muerte de sus hijos, los padres ofrecen el calzado para que al menos no les duelan los pies durante el largo viaje que emprenderán al encontrarse con el dios de la montaña.