Yo, Priscus, lo ordeno: recojo tu alma profana que codició lo prohibido y la ato a esta fría piedra.
Tu carne se volverá tan pesada y torpe como la magnitud de tus pecados,
y a partir de ahora vigilarás la Puerta de la Verdad como un guardián cargado con el peso de la eternidad.
Hasta que yo dé la orden, ni siquiera podrás recibir la muerte por tu cuenta, así que te quedarás atrapado para siempre sin poder escapar de este lugar.